Interesante propuesta argentina sobre la ausencia, la dominación, las figuras mesiánicas. un poco de humor negro también. Miranda De La Serna brilla en un papel que al principio nos cuesta descifrar: es una ¿paciente? ¿amiga? ¿rehén? de una especie de gurú espiritual o 'mentora' (tan popular en estos tiempos en las benditas redes sociales) que pretende alejarla de ciertos pensamientos intrusivos. A tales fines, la idea es pasar un fin de semana en una casona del conurbano para espantar cualquier crisis que siempre se siente cercana. Pero acaso hay una presencia extraña en ese lugar. Imaginación o realidad?
La mezcla de sensaciones visuales y sonoras nos ponen permanentemente en alerta: a veces no sabemos qué está pasando realmente...sobre todo con las reiteradas escenas donde la cautiva consume un líquido misterioso para aplacar la ansiedad. Finalmente, el clímax de la película retumba como una orquesta tocando la parte final de una obra: atronadora, contundente. Con algunas reminiscencias a Midsommar (Ari Aster, 2019, ya mencionada en otra reseña reciente), y por momentos a Funny Games (Michael Haneke, 1997), va construyendo un clima hostil y espeso con una destreza magistral.
Lo que me gustó: la locación, perfectamente empleada, opera como único escenario y no se necesita nada más. La música, acompaña perfectamente la secuencia final.
Lo que me hubiese gustado: la construcción del relato -pensé- me llevaba a algo sobrenatural. Me comí la curva como un campeón...pero es mi culpa.
★★★★